| María Faraone
en el Museo Metropolitano: Las pinturas de María
Faraone reflejan fielmente su personalidad. Personalidad viene del
latín "per sonare", el dispositivo que usaban las
máscaras del Teatro antiguo para amplificar la voz al aire
libre.
Una personalidad
Personalidad viene del latín “per sonare’, el
dispositivo que usaban las meascaras del Teatro antiguo para amplificar
la voz al aire libre.
Una personalidad suena y por ello se oyen bien los trabajos de María
Faraone.
Hija de un eximio dibujante, desde niña tuvo un lápiz
en la mano.
Luego vendría el color que no teme a la saturación
de los cálidos: rojos, naranjas y amarillos. A ello le agregamos
el negro que marca los ojos de sus figuras.
La temeatica en esta oportunidad está centrada en el carnaval
veneciano, paradigmático de varios siglos. Por ello no nos
sorprende una figura masculina de espaldas que nosotros identificamos
con Casanova.
No es fácil ubicarla estilísticamente a esta artista
sin identificarse con el arte “Naif” o Ingenuo, que
le es esquivo, su cultura visual y antropológica obligan
a tener en cuenta otros aspectos que la aproximan a la transvarguardia
italiana, así bautizada por el crítico Benito Oliva.
Ello nos revela que María Faraone pintando fuera del tiempo
horario es a la ez testimonio de su tiempo, lo que nos habla de
su autenticidad.
Para arribar a estos resultados se precisa humildad, puesta al servicio
del trabajo, y carácter que no vacila en volcar su pasión
afirmativa. Por momentos sus figuras tienen la solidez reposada
de los cleasicos. Un refinado buen giusto atempera arranques de
rebeldía, pero nos hablan de un espíritu no conformista
dispuesto a decir lo suyo.
Rafael Squirru, Buenos Aires 2004
‘ La mirada que no mira y mira”- Octavio Paz
Las pinturas de María Faraone evocan un tiempo de celebración,
de colorido movimiento ritual donde la ausencia de las identidades,
las meascaras y ropajes son protagonistas.
Al igual que en la festividad del Carnaval, los anónimos
personajes retratados ocultan su identidad y proponen para un primer
acercamiento el impacto visual que ofrecen sus ricas vestimentas.
Se suceden así verdes, azules, amarillos, rojos que al aplicarllos
con variedad en sus modulaciones, visten a los comediantes con originalidad.
El picel de María Faraone despliega sobre la tela recursos
técnicos que guían el ojo del contemplador para percibir
la opulencia de los géneros, calidades y texturas.
Como ha escrito Octavio Paz, una mirada que mira encuentra la lectura
que separa los elementos fácticos del cuadro y activa la
imaginación del contemplador. Es cuando se instala en las
escenas un clima de suspenso, de intriga y emoción, sostenida
por una inmovilidad de inquietante pausa que otorga tensión
a las figuras. La opulencia del vestuario acentúa el sobrevuelo
de una alarmante pesadilla.
Las máscaras como las vestimentas, disfrazan y ocultan a
la verdadera identidad de quienes se esconden tras ellas. Esta costumbre
de ocultarse mediante un antifaz, ya era conocida en el Antiguo
Egipto así como en Grecia y Japón. Pero fue en Italia
en 1662 cuando nació el Carnaval Veneciano, que se adaptó
la costumbre de la careta para presvar el rostro y permitir a los
aristócratas algunas licencias que de otro modo hubieran
sido consideradas inaceptables. La máscara cumplía
la función de equiparar
al noble y al plebeyo.
Las pinturas de María Faraone surgen a partir de fotógrafías
con las que se documenta. Por momentos, son estos personajes envueltos
en misterio los que ocupan un espacio preponderante, pero en otros,
espacio urbano en torno al mar que alcanza un importante protagonismo.
En ambos existe una composición trangresora que dinamiza
los fondos al tensar con falsedad las perspectivas. Es el caso de
algunos interiores donde las paredes se activan para completar la
escena a través de un juego de espejos; o cuando dinamiza
el segundo plano planteando fugas aceleradas que contrastan por
oposición con la calma en que posan los personajes.
María Faraone nos invita a participar de un nuego de identidades
ocultas en un tiempo de fantasía donde el misterio, al incógnita
y la hipocresía nos devuelven a anuestra contemporaneidad.
Por Julio Sapolnik (Lic. Historia del Arte)
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